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EUGENIO BURZACO
OPINION
PRENSA
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23-06-2010
Tiempo de escándalos
El fútbol es un juego de destreza y trabajo en equipo que, como todas las competiciones lúdicas, tiene un importante contenido simbólico: la confrontación entre adversarios. Convertido en cable a tierra de tensiones básicas de la sociedad moderna, la "lucha" simbólica del fútbol se transformó en pasión de multitudes en todo el mundo.

Si nos ceñimos al ámbito local, vemos que aquí, entre las decenas de miles de espectadores que se congregan a disfrutar de su pasión liberadora acatando las reglas del juego, hay un porcentaje minoritario, pero cada vez más alto -al igual que en la sociedad toda- de vándalos (barras-bravas) que trasladan al espectáculo la barbarie y el comportamiento delictual, a riesgo de que el fútbol pierda sus características de fiesta y rememore, peligrosamente, al circo romano.

Sin duda, la subcultura de la violencia en el deporte no es patrimonio nuestro. Todos recordamos que en España e Inglaterra, los "ultras", y los hooligans hicieron escuela, convertidos en héroes por gran parte de los simpatizantes de sus clubes. Pero su ejemplo nefasto determinó que, a la larga, con decisión política y con medidas acertadas sostenidas en el tiempo, los violentos fueran erradicados hasta niveles mínimos y terminaron repudiados por sus propias hinchas. Los logros obtenidos en la mayoría de los países europeos permitieron eliminar las vallas metálicas de contención entre la tribuna y el campo de juego.

Estas experiencias positivas no siempre resultan aplicables en el ámbito local por las diferencias de idiosincrasia, poder económico y marco institucional, pero, sin duda, podemos aprender de las técnicas que se implementaron y, sobre todo, confirmar que la violencia en el fútbol, como todo tipo de violencia social, puede y debe ser contenida primeramente desde el Estado y sus instituciones.

Olvidando el costo político inmediato, el Ejecutivo debe aplicar las duras políticas de largo plazo que la violencia demanda, educar, prevenir, invertir en tecnología y capital humano y sentar reglas claras de arriba hacia abajo que prioricen el orden y el bien común.

Considero que algunas de las medidas preventivas, estructurales y punitivas de aplicación urgente en nuestro fútbol son: implementar un sistema de entradas personalizadas con documento, para individualizar a los violentos y evitar un mecanismo clave de financiamiento de los barrabravas, la reventa de entradas.

Hacer cambios en el acceso a los estadios; ubicación de las hinchadas; controles sorpresivos de alcoholemia y drogas, y concretar el ejercicio del derecho de admisión por los clubes con la colaboración del Estado.

Organizar la creación de cuerpos específicos de policías e investigadores, como han comenzado algunas jurisdicciones, para desarticular las bandas delictivas en los estadios, y de fiscalias especializadas en violencia en espectáculos deportivos que den seguimiento, ejecución y sentencia de penas efectivas a los violentos, primordialmente la prohibición de concurrencia, además de suplir rápidamente vacíos legales que deben ser subsanados. Para un barra violento, que cada semana reitera su poder territorial en la cancha, no hay mayor castigo que la privación del acceso a los estadios.

Crear el Banco Nacional de Datos de Violencia en el Fútbol, para actuar preventivamente en los distintos distritos y homogeneizar criterios y normas de aplicación entre distintas provincias. También, establecer nuevos marcos de incentivos para el accionar policial en los estadios y replantear el actual esquema de adicionales, costoso y corrupto, que ha llevado a que en el país se utilicen tres veces más policías que en otras potencias del fútbol, sin resultados concretos.

Reorganizar la seguridad pública fuera de los estadios, y a cargo de los clubes dentro de los mismos. Sincerar el apoyo y los vínculos dirigenciales, políticos y sindicales que tienen muchos de los barras, y legislar rápidamente penas severísimas para los dirigentes de cualquier ámbito que utilicen esta mano de obra violenta en prácticas mafiosas, amedrentamiento o extorsión, y como fuerzas de choque, etcétera. De las más de 200 muertes vinculadas directamente con la violencia en el fútbol local, en el tiempo, casi la mitad se produjo con armas de fuego.

Suponer que con medidas aisladas se puede revertir la tendencia al uso de armas, alcohol, drogas, y transformar los hábitos de transgresión y acción violenta que caracterizan a una porción significativa de la ciudadanía, es como dar manotazos de ciego pretendiendo que el fútbol sea más pacífico y legal que la sociedad a la que representa.

Porque el fútbol es una expresión más de nuestra cultura o incultura. ¿Cuánto cambiamos los argentinos desde aquellos "oleeeees" con el que acompañábamos el ballet de los Alonso, los Bochini y los Maradona, y los "gooool" que hacían bailar el corazón? Basta con analizar los cánticos que atruenan las canchas, donde lo más suave son los insultos con todo tipo de discriminaciones posibles, hasta convertir a los adversarios en enemigos, y donde ganar es sinónimo de matar y matar de ganar.

En tiempos vandálicos, las minorías inescrupulosas toman de rehén a los pacíficos y, lo que es peor, logran que una parte importante del resto de los espectadores los observe como cuasihéroes desde sus paravalanchas.
La violencia del pasado todavía nos duele, ¿cuánta violencia, en el fútbol, en la calle, en las rutas, en la política, hacia los niños, los ancianos, los desamparados, el ciudadano común, estamos dispuestos a tolerar los argentinos hoy?

La respuesta individual a esta pregunta es tan trascendente como la respuesta institucional, pero esta última es decisiva, porque es la única que puede modificar la realidad colectiva. Digamos basta de impunidad, de transferir la responsabilidad a otros, de números mentirosos y de políticas parche contra la violencia. También en el fútbol, basta de violencia.

El autor es presidente de la fundación Fundar Justicia y Seguridad y diputado nacional (Pro).
Dip. Eugenio Burzaco