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EUGENIO BURZACO
OPINION
PRENSA
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16-06-2005
Los Chicos nos miran
La película Los chicos nos miran cuenta las vivencias de unos pequeños azorados al descubrir en los adultos conductas transgresoras, completamente opuestas a las que pretenden inculcarles. Las reiteradas imágenes que muestra la televisión sobre tomas de colegios, cortes de calles y protestas varias de chicos de la escuela pública secundaria que, con diversa magnitud y grado de atropello, se repitieron en toda la Capital Federal me hicieron recordarla.
 
Nuestro jefe de gobierno inmediatamente se encargó de aclarar que los desmanes " no se circunscriben sólo a la ciudad de Buenos Aires”, y algunas asustadas autoridades escolares, abusando de una imaginación politizada, pero comprensiblemente temerosas de perder sus empleos, atribuyeron las acciones de los chicos a la influencia intencionada de la oposición.
 
¿Qué ven los chicos? Violencia e inestabilidad emocional. Cuando son afortunados y no es en su propia casa, la ven en la casa del vecino o del amigo. Familias rotas, hombres y mujeres con la preocupación de no perder el empleo (cien mil puestos de trabajo se perdieron entre diciembre de 2004 y marzo de 2005, según informaciones del Indec) o desesperados por encontrarlo. Todos circulando por las mismas calles, también violentas, cuando los manifestantes los dejan (en el año 2003 hubo más de dos mil quinientos cortes), procurando no ser atropellados por el colectivero de triple turno, la bicicleta a contramano, los piqueteros, los cartoneros o los automovilistas desaprensivos; presionados por los niños mendigos, que son explotados por adultos, por limpiavidrios, vendedores de baratijas de contenedores desaparecidos, o, lo que es peor, avasallados por asaltantes (45% de la población joven de entre 16 y 29 años sufrió un delito en 2004, según la Dirección Nacional de Política Criminal), violadores, asesinos redimidos del dos por uno, evadidos de comisarías, amigos del juez, políticos reciclados y un interminable etcétera de sobrevivientes en los que se ha convertido la sociedad, fruto de la cultura del "sálvese quien pueda” y de la no aplicación y cumplimiento de las normas y de la ilegalidad.
 
Por supuesto que, en el orden individual, muchísimos argentinos dotados de virtudes republicanas trabajan por el progreso de sus familias y del país y con su contribución apuntalan el equilibrio social. Pero la arbitrariedad y falta de equidad del sistema también los alcanza, nivelando hacia abajo y afectando especialmente a los más jóvenes.
En la Argentina, el 49% de los jóvenes de entre 14 y 22 años viven en lugares que no tienen condiciones elementales ni servicios básicos (Indec) y el desempleo entre los jóvenes duplica al desempleo en otros segmentos de edades, al tiempo que se ha duplicado el número de jóvenes de entre 15 y 25 años que no estudian ni trabajan en los últimos diez años, según lo ha informado el Ministerio de Desarrollo Social.
  
Y los chicos observan. La televisión está allí, con su violencia desenfrenada y su apología del sexo bastardeado. Sólo en apariencia protege en determinados horarios al menor de los malos hábitos reservados para los mayores, pero enseña más que todas las instituciones educativas juntas.
  
Por la televisión, los chicos reciben las ofertas de la bebida alcohólica con la que conquistarán no a una chica sino a varias (la edad promedio de inicio en el consumo de alcohol y drogas ilegales, de entre 10 y 13 años, bajó casi tres años en la última década). También asisten a las propuestas seductoras de éxito y vidas sin problemas a pesar de las drogas (ofrecidas al 48% de los menores, según Sedronar, en quioscos que sólo los chicos parecen conocer).
  
Una de cada cuatro emergencias de guardia en hospitales públicos es por alcoholemia o por drogas. De los 2221 jóvenes de entre 15 y 22 años muertos en 2003, el 67,4% fue por accidentes, violencia o suicidios vinculados con el consumo de drogas o de alcohol, o ambos (Subsecretaría de Prevención de las Adicciones de la Provincia de Buenos Aires).
  
Oyen hablar de millones y millones de pesos de crecimiento económico, de millones que se pagan o que no se pagan, que la corrupción, la burocracia, la ineptitud o algún destino prioritario se llevó como agujero negro. Pero, por alguna razón, nada le ha tocado a su escuela, a su hospital, a su barrio. Nada de eso fue aplicado a ampliar la posibilidad de encontrar algún trabajo que no sea en negro, ni un subsidio ni un plan a cambio de ponerse al servicio de un partido, puntero o piquetero.
  
Sucedió la tragedia de Cromagnon y dos generaciones que convirtieron el insulto en nombre propio, que se identificaron con los grupos de rock y bailaron hasta el amanecer se encontraron repentinamente inmersas en la muerte. Sin duda, allí el gas más tóxico fue la mezcla de corrupción, codicia y desidia, porque dejó sin oxígeno el ímpetu provocador y excesivo de los jóvenes y desnudó las carencias de las instituciones para ser responsables guía, contención, ejemplo, propuesta y solución. Y cuando a la reiterada impunidad se sumaron las libertades de los asesinos de Cabezas, de María Julia Alsogaray, convertida en símbolo de la década demonizada, y de Chabán, oficialmente proclamado artífice de todos los males, se envalentonaron, decididos a imitar a los adultos, utilizando la extorsión como método para hacerse oír.
  
Finalmente, los chicos, habituados a ver que a menudo es inútil peticionar a las autoridades a través de los representantes, llegaron a la conclusión de que algo se logra cortando las calles, además de sacarse la bronca. Con arrogancia y excitación hormonal propios de la edad, parodiaron a las asambleas populares, reclamando simultáneamente por los techos que caen sobre sus cabezas, por los baños desvencijados, por el presupuesto de educación y también porque no se pague la deuda externa, porque se repudie al imperialismo y por tantas otras causas nobles. Bailaron, cantaron, gritaron y se contentaron con el poder que da parar impunemente a una multitud de automovilistas, como sucede habitualmente. Porque los jóvenes, como en los exámenes, a veces se copian.
  
Las autoridades apuraron soluciones que no concretaron por años y cuestionaron a la Justicia. La Justicia se abroqueló, proclamando su redescubierta autonomía y defendiendo sus tiempos eternos y su lejanía de la sociedad. La sociedad, fogoneada de antinomia, se dividió. Los fatalistas agoreros dijeron que la sociedad argentina está en descomposición, que las chicas de doce años tienen hijos, que los de 15 se drogan y algunos salen a matar, y que los de 18 reciben títulos que no saben leer. La izquierda progre se entusiasmó porque "los chicos luchan por las cosas que nosotros no pudimos cambiar”.
  
Pero, a pesar de todo, soy optimista. Los jóvenes representan la base ancha de la pirámide social y cuando ellos se agitan se conmueve el interior de la Nación, que, al igual que la interioridad de los individuos, es de orden moral.
  
Los dolores del crecimiento ayudan a discernir lo trascendente de lo aparente. Es nuestra revolución pendiente, pero en marcha: la espiritual. La que privilegia la educación y el diálogo, la solidaridad y el respeto, la que obliga a hacer coincidir las palabras con la acción, la civilidad y la libertad con el cumplimiento de las normas, la que reconoce el trabajo y la creatividad, la que cuida de los más vulnerables y, sobre todo, la que respeta la vida.
Demos el ejemplo. Los chicos nos miran, y nos copian.
 
 
Diario La Nación