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EUGENIO BURZACO
OPINION
PRENSA
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16-09-2008
El veneno de la mafia
Los recientes asesinatos aberrantes ponen de manifiesto el avance del crimen organizado en la Argentina. La muerte por encargo de tres hombres jóvenes, ajusticiados por sicarios, muestra una modalidad creciente propia de países donde el accionar mafioso está enraizado.
 
Este no fue un hecho aislado del último mes, sino la escalada de una serie de crímenes horrendos que, por un lado, dejan su sello de amedrentamiento mortal a quienes están vinculados a la actividad mafiosa, en cualquier escala de penetración y, por el otro, demuestran la impunidad con la que actúan estas bandas.
El lenguaje mafioso hace tiempo que dejó de ser el de la ficción o de círculos marginales de la sociedad; desdichadamente, su elocuencia ha pasado a ser parte de la cotidiana brutalidad con que se vive en la sociedad argentina. Aun cuando el origen del delito es multicausal y el pobre desempeño institucional es un factor clave, también son factores determinantes la marginalidad en muchos sectores, la deserción escolar, la falta de oportunidades para la gente joven, la incertidumbre económica, a pesar de la momentánea bonanza, y hasta la cultura del facilismo, que aparenta obtener ganancias extraordinarias o resolver problemas financieros de grupos familiares que, para lograrlo, se vinculan al delito sin verdadera conciencia de que estos son caminos sin retorno.
 
Semanas atrás, en el shopping Unicenter, donde circulan decenas de miles de personas y familias por día, dos sicarios en moto mataron a dos narcos colombianos en pleno estacionamiento, con total impunidad. Una de las víctimas era nada menos que el segundo jefe de un gran cartel de la droga de Colombia. Este hombre, que tenía pedido de captura internacional, vivía hacía tiempo en la Argentina, con identidad falsa, en un conocido country del Gran Buenos Aires.
  
Otro hecho reciente fue la desarticulación de un laboratorio de drogas sintéticas en Maschwitz, donde operaban narcos mexicanos para producir metanfetaminas. Otro indicador del avance de las drogas sintéticas en la Argentina, facilitado por ser un país que posee una industria química de avanzada y es principal productor de precursores químicos, que luego pueden ser utilizados para sintetizar distintas drogas, entre ellas la cocaína. El país se ha convertido en una sede importante de delincuentes internacionales, por estar simultáneamente desarticulado jurídicamente y carente de políticas de Estado eficaces para el control.
  
Sobre estas condiciones avanzó el "paco". Esta droga, consumida sobre todo por los jóvenes marginales, más que una droga en particular es una forma barata de consumir basura, que induce al delito y mata.
  
El "paco" es la resaca que queda en el "fondo de la olla" de las cocinas de cocaína. Contiene más solventes y desechos que alucinógeno, por lo que crea adicción inmediata. Su efecto tóxico produce un mayor daño cerebral y, como su efecto tiene menor duración en el tiempo, induce a reiterar su consumo en una escalada devastadora. El "paco" destruye rápidamente el cerebro de los jóvenes adictos, muchos de los cuales son movilizados a delinquir para mantener su adicción.
  
El contexto de avance del narcotráfico, con peleas de bandas por territorio, como la de la villa 1-11-14, que se dio en la ciudad de Buenos Aires el año pasado, es simultáneo al avance del creciente consumo de drogas en el país.
 
El informe de Naciones Unidas del año pasado indica que la Argentina es el país donde se consume más cocaína per cápita de toda América latina, y es segundo en el consumo de marihuana. La edad de iniciación del consumo de drogas ilegales y alcohol también bajó significativamente. Está probado científicamente que, cuanto más temprano comienzan a consumir los chicos, más probabilidades tienen de ser adultos adictos.
   
En este marco, parece muy inapropiado iniciar una campaña para la despenalización del consumo de drogas ilegales. Si bien acuerdo en que ninguna persona adicta debe ser penalizada siquiera con un día de prisión, sí entiendo que estas personas deben someterse a un tratamiento obligatorio por su adicción.
  
Tampoco sirve sacar estas causas del sistema criminal, ya que, sin la intervención de un juez, sería imposible dirimir cuándo se estaría tratando de una situación de consumo personal y cuándo de un tráfico minorista, y, por otro lado, estaríamos dando el mensaje equivocado a nuestra juventud, de que consumir estupefacientes no es ilegal ni malo para ellos.
La Organización Mundial de la Salud destaca que la aceptación social del consumo de drogas ilegales es uno de los elementos que más incide en el aumento de su consumo.
  
La producción y tráfico de medicamentos adulterados; su provisión a instituciones del Estado; la compra de voluntades políticas: todo "huele a podrido" como diría Shakespeare, y la población lo percibe impotente. En este contexto complejo, el Estado se muestra ausente de políticas eficaces, serias y modernas de prevención y de combate contra el narcotráfico.
  
Se siguen tomando medidas espasmódicas, que tienen impacto negativo en el sistema de seguridad nacional en el mediano plazo.
  
Dos que son muy claras en este sentido son la falta de radarización del espacio aéreo argentino y el traslado de gendarmes desde las fronteras hasta las ciudades. Esto hace que sea muy fácil para una aeronave que transporta drogas aterrizar en pistas clandestinas, y también pasar por nuestras largas fronteras, que se han transformado en un colador.
 
Si el Estado no actúa de manera decidida y consecuente, dentro de poco tiempo tendremos en la ciudad de Buenos Aires situaciones como las que se viven a diario en Río, San Pablo, Caracas o Ciudad de México, en las cuales los narcos controlan partes concretas de sus territorios, donde las autoridades no pueden entrar y la vida de las personas que los habitan depende de los códigos mafiosos y de los jefes narcos que han tomado como rehén a la población.
 
Instituciones incompetentes y funcionarios asustados no pueden resolver este peligro creciente que se cierne sobre la población. Necesitamos un Estado presente, con capacidad de acción; líderes y especialistas que asuman plenamente la responsabilidad sobre la temática.
El crimen es siempre dramático a nivel individual, pero el crimen organizado es destructor a niveles impensables, porque descompone el tejido social. Es inútil echarles la culpa a otros, incluidos los medios de comunicación, por un no accionar o ineptitud que es propio del Estado e intransferible.
La Argentina es permeada por el narcotráfico, desde las instituciones que miran para otro lado ante lo evidente, hasta un número cada vez mayor de ciudadanos que viven o sobreviven como dealers o intermediarios de la destrucción.
 
Es hora de que el Estado vaya por los narcos, porque estos ya han venido por nosotros, los argentinos.
 
 
Diario La Nación